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El «puenting» se ha cobrado en lo que va de verano dos víctimas mortales: una británica de 23 años en Granada el pasado 21 de julio y una holandesa de 17 este lunes en la localidad cántabra de Cabezón de la Sal.

Aunque excepcionales, estos accidentes tan seguidos en el tiempo han puesto en tela de juicio la seguridad de un conjunto de actividades que llamamos «de riesgo». Su denominación obede a que «hay cosas en ellas que escapan a nuestro control, como ciertos factores de la naturaleza o las cualidades propias de cada participante». Es la definición que ofrece José Carlos de Santiago, vicepresidente de la Asociación Nacional de Empresas de Turismo Activo (ANETA) y gerente de la empresa «Asdon Aventura».

Más allá del puenting, existe todo una lista de actividades «extremas» que se han puesto de moda en los últimos años, como el descenso de aguas bravas, el descenso de cañones o el parapente, entre otras.

La falta de regulación, un riesgo añadido a los deportes de riesgo
Descenso de aguas bravas en el cañón de las Hoces del Cabriel (ABC)
Ausencia de regulación estatal
No hay en España una normativa específica para los deportes «de riesgo». Lo que sí existe –aunque a nivel autonómico– es una regulación del turismo activo, una clasificación que engloba todo tipo de actividades en el medio natural.

A este respecto, Cataluña y Aragón fueron pioneras. Su normativa contempla aspectos como los seguros de responsabilidad civil y de accidentes, la homologación del material utilizado, titulaciones, protocolo de emergencia e información de precios.

«Las diferencias entre comunidades son notables, pues hay autonomías en proceso de regulación e incluso algunas –caso de Madrid, País Vasco, Extremadura, Baleares, Ceuta y Melilla– sin regular», confirma De Santiago.

No obstante, para el vicepresidente de ANETA, en caso de estar en una comunidad que carece de regulación, la empresa «debería asumir los decretos de otra autonomía». «No es obligatorio», explica, pero «si sabes que existen ciertas normas, lo mínimo es que apuestes por ellas». Es más, en su opinión «estos son decretos de mínimos y, si eres una empresa seria, vas un paso por delante de ellos».

Titulación específica
Por otra parte, para deportes extremos más genéricos como el submarinismo, el parapente o el esquí, existen titulaciones específicas. Pero el turismo activo «también es ocio» e incluye actividades nuevas e incluso modas «pasajeras» –según De Santiago– que, como el zorbing, una práctica en la que personas ruedan colina abajo dentro de una esfera de plástico transparente, no necesitan de un especialista.

En cambio, lo que sí deben tener las empresas es un buen protocolo de actuación en caso de emergencias. «De nada sirve contar con titulados si el protocolo no funciona», recalca De Santiago.

La falta de regulación, un riesgo añadido a los deportes de riesgo
Dos personas practican «zorbing» (Flickr/JoshBerglund19)
Entidades pirata
El usuario interesado en practicar alguna de estas actividades debe contactar con una compañía «fiable y honesta». «Las empresas que estamos en autonomías reguladas tenemos una sede social y un número de registro, que es nuestro DNI». Esto es «crucial», constata De Santiago, pues confiere «una serie de garantías, y las garantías se traducen en una seguridad mayor».

En cambio, al contratar la actividad por otras vías –entidades que no son empresas o simples particulares– los riesgos «se disparan». El intrusismo es, de hecho, uno de los grandes problemas del sector. Disfrazados de empresas, los «piratas» atraen a usuarios con ganas de descargar adrenalina sin importarles el cómo.

Para De Santiago, «basta con indagar un poco para detectarlos». «Si al contratar una actividad alguien queda contigo en un punto y te recoge en una furgoneta, la cosa no pinta bien», apunta. Para alejar a los intrusos, el vicepresidente de ANETA anima también a exigir siempre una factura del servicio prestado.

Desconfiar de las gangas
Los intrusos persisten porque «mucha gente busca actividades de aventura baratas». «En este sector el precio va muy ligado a la seguridad, y la calidad y seguridad hay que pagarlas», concreta De Santiago, y pone ejemplos: «Si una actividad tiene un precio ínfimo, difícilmente ofrecerá material de calidad o especialistas que la supervisen».

Al final, lo que hay que buscar es un cierto equilibrio calidad-precio pero teniendo en cuenta que, por su naturaleza, las actividades de riesgo «nunca van a ser una ganga».

¿Quién asume la responsabilidad?
Para contratar una actividad puntual, hay que dirigirse a una empresa especializada que, «tras hacerte firmar que has leído todas las instrucciones pertinentes y las has comprendido», se hace responsable de cualquier contratiempo. «Suele tener todo muy bien atado porque su fin es minimizar riesgos», declara.

La falta de regulación, un riesgo añadido a los deportes de riesgo
Un monitor coloca el arnés a un usuario (ABC)
Cuando, por el contrario, un profesional o aficionado practica asiduamente una actividad por su cuenta, con asociaciones o clubes deportivos, «la responsabilidad recae en el usuario».

En este punto, de Santiago vuelve a recalcar la problemática de las entidades «pirata» que «te hacen firmar un papelito en el que las excluyes de toda responsabilidad», por lo que «no inspiran mucha confianza en términos de seguridad».

Como cabría esperar, es en estas entidades irregulares donde los accidentes abundan. «También en esos grupos de amigos que quedan por su cuenta y no tienen ni la preparación ni el material necesiarios», comenta.

No tienen que ser peligrosos
Pese a su etiqueta, el vicepresidente de ANETA confirma que las actividades y los deportes de riesgo «no tienen por qué ser peligrosos»; es más, «cuentan con altas medidas de seguridad y un índice de accidentes mínimo».

Contrariamente a lo que se podría pensar, las tragedias se concentran en los deportes más comunes. «El esquí o la bicicleta de montaña son buenos ejemplos», detalla.